Género y gobernanza en el sector pesquero gallego
Crédito de la foto: Mulleres Salgadas
Por Sandra Amezaga Menéndez, Coordinadora General
Voces del mar es una serie de artículos de opinión que amplían las perspectivas de los pescadores artesanales que participan en la campaña Por una pesca justa. Cada mes, un pescador compartirá su experiencia de trabajo en el mar, las realidades de la pesca artesanal en su país y lo que debe cambiar para garantizar un futuro justo y sostenible para la pesca en Europa.
No me propuse trabajar en el sector pesquero. Estudié Ciencias Políticas y Sociología, y mi primer trabajo en una empresa atunera de Madrid llegó casi por casualidad. Pero ese puesto se convirtió en permanente y, con el tiempo, lo que empezó siendo una elección práctica -cerca de casa, compatible con la crianza de una hija pequeña- se convirtió en un compromiso profesional y personal a largo plazo.
Ahora trabajo en una organización llamada Mulleres Salgadas. Es la primera y única asociación feminista gallega de mujeres que trabajan en el sector pesquero, fundada en 2016 para dar visibilidad, voz y representación a un colectivo históricamente excluido de la toma de decisiones. Hoy reúne a cerca de 2.000 mujeres de toda la cadena de valor marítima y trabaja para transformar una industria tradicionalmente dominada por los hombres a través de la incidencia política, la investigación, la formación y la acción pública, tanto en Galicia como a nivel europeo. Como miembro de la red europea AKTEA y promotora del Observatorio Galego de Igualdade da Pesca, Mulleres Salgadas aspira a que el sector sea más democrático, inclusivo y sostenible, al tiempo que reconoce el trabajo de las mujeres y refuerza su liderazgo en las comunidades costeras.
Mi familia siempre ha estado vinculada al mar, pero fue a través de mi trabajo como comprendí realmente la complejidad de este mundo. Empecé en la gestión administrativa, tratando con proveedores de toda África y América, y más tarde me incorporé al departamento de control de gestión, trabajando con atuneros, buques mercantes y flotas auxiliares en un entorno multinacional. Era un trabajo exigente, a menudo invisible, pero esencial para mantener el sistema en funcionamiento.
Hoy vivo en Galicia, una de las regiones europeas más marcadas por la pesca y el marisqueo. Y sin embargo, paradójicamente, estas actividades siguen siendo en gran medida desconocidas, incluso para las personas que viven a pocos kilómetros de la costa. La pesca sigue viéndose como algo lejano, marginal o anticuado, a pesar de que comunidades enteras dependen de ella económica, social y culturalmente.
Los retos a los que se enfrentan estas comunidades son profundos. La productividad de las rías gallegas está disminuyendo. La contaminación y los residuos siguen amenazando los frágiles ecosistemas. El cambio climático ya no es un concepto abstracto, sino una realidad cotidiana. Al mismo tiempo, las políticas públicas suelen dar prioridad a otras actividades económicas -turismo, desarrollo industrial, expansión urbana- que atentan directamente contra la sostenibilidad de la pesca y el marisqueo.
Lo más preocupante no es sólo la magnitud de estos problemas, sino la lentitud de nuestra respuesta. La adaptación es dolorosamente lenta. El diálogo sigue siendo limitado y excluyente. Los principales agentes sociales -asociaciones de mujeres, grupos ecologistas, organizaciones locales- suelen quedar al margen de los procesos de toma de decisiones que afectan directamente a sus vidas y su trabajo. Existe una especie de inmovilismo institucional, una resistencia a la pluralidad, a la negociación, a la responsabilidad compartida.
Para las mujeres en particular, la situación no ha mejorado, sino que ha empeorado. No existen verdaderas políticas feministas en el sector. El análisis de género está ausente de los diagnósticos oficiales. Y esta ausencia tiene consecuencias: peor gestión, menos innovación y un desperdicio sistemático de talento, experiencia y conocimientos.
Cuanto más se comprende el sector, más difícil resulta permanecer como observador pasivo. El mar no es sólo un recurso económico; es un patrimonio colectivo, un espacio social, un modo de vida. Protegerlo significa proteger a las personas, las culturas y el futuro. Esta realidad me empujó hacia el activismo
Sin embargo, el activismo no es heroico. La mayoría de las veces es lento, frustrante y agotador. Hay momentos de profundo cansancio, en los que se tiene la sensación de golpearse contra un muro una y otra vez sin resultados visibles. Hay críticas personales, descalificaciones y, a veces, aislamiento. Pero también hay solidaridad, aprendizaje y alguna que otra pequeña victoria, suficiente para recordarte por qué empezaste.
Si pudiera pedir un cambio concreto, sería la paridad de género en el liderazgo y la representación en todas las instituciones pesqueras. No como un gesto simbólico, sino como una transformación estructural. Porque la paridad no es sólo una cuestión de equidad, sino que mejora las condiciones de trabajo, refuerza la toma de decisiones y sitúa las perspectivas desatendidas en el centro de la política.
Las barreras a este cambio no son sólo institucionales. Son culturales, económicas, políticas e incluso familiares. Operan a todos los niveles. Pero no son inmutables.
El futuro que imagino es uno en el que las mesas de toma de decisiones sean plurales, informadas y conscientes del medio ambiente. Donde las mujeres del mar no sólo sean alabadas en los discursos, sino visibles en las estructuras de poder. Donde la sostenibilidad no sea un eslogan, sino un proyecto social compartido.
Este futuro no lo construirán sólo los gobiernos, aunque su papel es decisivo. También depende de que los ciudadanos estén informados y sean críticos y exigentes. De que rechacen las narrativas superficiales. De la insistencia en que las políticas públicas protejan no sólo el crecimiento económico, sino también las profesiones y los ecosistemas que durante generaciones han demostrado ser sostenibles y valiosos.

